| Relatos de Jóvenes Caminantes |
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Los Viejos de La Chichería Por Andrés Mauricio Cohen
En un enero, como todos los jóvenes de clase media y fingida singularidad, decidí hacer un viaje a San Agustín haciendo auto-stoping; para mí se terminaba un ciclo, dejé mis estudios de Ingeniería Electrónica en la capital, para regresar a la casa de mi madre en Neiva; la razón, una sensación de profundo “guayabo” a causa de la ciudad y la carrera; además, acababa de terminar una relación sentimental de la cual no salí muy bien librado. San Agustín representa para aquellos jóvenes una especie de lugar sagrado, ancestral y místico, todos hablan de sus múltiples viajes (en el doble uso de la palabra), todos esperan hallar la respuesta a ESO; el silencio y lo innombrable. Hacer auto-stoping no es una tarea fácil, al menos para mí; pero asumí el hecho de cargar las maletas llenas de comida y ropa mal doblada, las carpas y demás, como una especie de purga. —Para conseguir algo de placer es necesario pasar por el dolor —le dije a Simón que caminaba a mi lado. Atrás iban Juan Carlos y Karen (su novia). —Sí, le entiendo, placer, displacer —intentó responder Simón. —En los rituales de muchas culturas ancestrales, para lograr el estado de trance es necesario atravesar duras pruebas físicas y sicológicas, como suspender el cuerpo con la ayuda de ganchos, dejarse picar por hormigas venenosas o ingerir plantas para “limpiar el cuerpo” —agregué para hacer mi discurso más convincente, aunque en mi caso no trataba de lograr tales proezas, solo quería poder olvidarme de mí mismo, pero sobre todo, olvidarme de “la Búho”, ese era mi trance. La salida sur de Neiva, hace más placentera la caminata; apenas dejamos atrás la pequeña cabina instalada por el Terminal de Transportes, los árboles a lado y lado formaban arcos sobre la carretera, el clima fresco de la madrugada era nuestro aliado. A eso de las 2 de la tarde llegamos a Garzón, después de que un hombre que transportaba ganado nos recogió. Llegamos adoloridos pues debíamos sentarnos sobre una tabla acomodada por encima de las vacas; teníamos que sujetarnos de las barras que formaban el techo de la camioneta para no caernos, lo que demandaba mucha concentración y esfuerzo físico, sin embargo todos reíamos cada vez que tomábamos una curva o dábamos un salto. —Esto debería ser un deporte extremo —dijo Juan Carlos, todos reímos y estuvimos de acuerdo. Mientras permanecíamos semiacostados sobre una acera del pueblo más católico del Huila, se nos acercó una cara familiar, no era ningún amigo, simplemente era otro de los rostros basurientos que transitan Neiva; sin embargo, siempre habíamos tratado de hablar con cualquier tipo de personas, entre más extraño y marginal más nos atraía, una especie de etnografía sin fines científicos; “el felino” se acercó y Juan Carlos le dio la mano, por lo que supusimos que tal vez ya habría hablado con él; desde que estrecharon sus manos, “el felino” no se nos despegó. Atravesamos la entrada a La Jagua, alrededor de las cuatro de la tarde, más adelante, Simón, ”el felino” y yo, nos quedamos atrás por el cansancio, vimos a Juan y Karen alejarse por unos minutos, luego ya no los vimos. Pronto anocheció y pasamos la noche en la carretera preguntándonos por la suerte de la pareja. Para cuando llegamos a Pitalito la expectativa era casi insoportable, era casi el medio día y no pensábamos esperar un minuto más, por lo que pagamos transporte. Simón y Yo tuvimos que costear el pasaje del “felino”. La carretera que conduce a San Agustín requiere del conductor cierta experticia: curvas cerradas, ascensos pronunciados, descensos igualmente peligrosos, además de ser bastante estrecha; por lo demás, el viaje fue placentero, el clima vaticinaba una inolvidable llegada a la tierra del silencio, la tierra que tantos artesanos, neo-hippies, músicos frustrados, saltimbanquis, pseudo-artistas y pinches rocanroleros dicen amar; los veo hablando de la pacha mama mientras prenden un Pielroja, hablan del poder de la naturaleza mientras inhalan un químico potente y de su conexión cósmica, pero los veo ensimismados, distraídos y egoístas. Casas de bareque con tejas de barro nos anunciaron la llegada. Nos desplazamos por las calles empedradas, entre toda clase de gente, locales con acento caucano, turistas extranjeros de grandes mochilas y diversos idiomas, conocidos de Neiva, “loquitos” en atuendos extravagantes y campesinos descalzos; “el felino” nos guió a La Casa del Sol, en donde probablemente conseguiríamos posada, subimos hasta que la calle de piedras se volvió de arena, para esa altura el cansancio en hombros y piernas hacía de la caminata un verdadero reto, yo intentaba entretenerme con el vistoso paisaje, pequeñas flores blancas brotaban de la maleza para jugar con una multitud de mariposas, arbustos de moras silvestres entre las cercas y más allá la montaña casi encima de nosotros. Al llegar a La Casa Del Sol, nos recibió Christian un alemán rubio de rasta, habilidoso comerciante que ha logrado aprovecharse de nuestra tierra, atrayendo a este sitio la élite de los “loquitos” que se sienten complacidos al lado de un “viajero” alemán de aspecto bohemio. La Casa Del Sol es un terreno en donde se distribuyen varias viviendas, en la entrada una casa de tablas encara la cabaña principal cuyo pasillo queda al borde de una caída de la montaña por lo que la vista es imponente. A lo lejos se escucha el sonido de una quena desde otra colina. Los “loquitos” se apretujan en una pequeña cabaña, en uno de los dos cuartos o sobre el pasillo, otros simplemente acampan desparramados sobre el territorio, todos nos miran como midiéndonos en una competencia de originalidad y “locura”. Allí perfectamente acomodados e integrados estaban Juan Carlos y Karen que habían llegado el día anterior. Juan Carlos lograba posicionarse en aquella élite gracias a su carisma y agradable aspecto, compartía con gran acogida sus discusiones sobre el “elóquimo”, el “retruécano”, las charlas con el infinito, el desatino controlado y el eterno retorno. —Si quiere aprender a volar en los sueños, solo tiene que jalarse el dedo meñique, si se estira sabrá que está soñando y esta conciencia le dará la posibilidad de volar —le explicaba Juan a algún loquito de pelo largo y medias multicolores que respondía: —Yo una vez me di cuenta que estaba soñando, quise volar y empecé a correr, después me tiré y terminé volando a ras de piso, mi cara casi rozaba el pavimento. Simón me miró como hastiado por la escena, yo aparté la mirada y solté una risita, Simón se me acercó para hablar. —Yo no me quiero quedar acá, además esta como costosa la quedada —me dijo— Me siento incómodo, estoy mamado de caminar —me quejé. — ¿Cuándo llegaremos a San Agustín? — Simón preguntó. Christian se ofreció llevar al grupo, ahora con Juan y Karen, a otro sitio donde podríamos quedarnos. Para llegar donde Don Eliécer volvimos al pueblo, lo cruzamos aprovechando para comprar más comestibles, pues el lugar a donde nos dirigíamos era bastante retirado del pueblo. Un poco más de una hora caminando para llegar al portón de madera que marca la entrada desde el camino de tierra; adentro nos dirigimos por un callejón bordeado por cacaos y árboles de naranja agria hasta un descenso amplio que se hacía cada vez más fangoso, atravesamos un par de cercas más hasta que vimos una pequeña casa empotrada en un terreno plano entre el descenso; la colina había tenido que ser recortada para formar la planicie, por lo que formaba una especie de pared natural en frente de la casa, de allí crecían helechos, musgos, enredaderas florales y un árbol del tipo de los cauchos que servía como viga. Don Eliécer era un viejo intrigante. Acordar el precio fue complicado, no por alguna discusión acerca del precio, sino por que el viejo parecía no interesarse por los números y no prestaba atención, solo se quedaba mirando en silencio o contaba alguna historia sobre las cosas mas inoportunas. El proceso duró un par de horas, pero al final creímos que Don Eliécer estuvo de acuerdo en el precio; digo “creímos” pues con su forma de hablar no podíamos estar seguros de haber llegado a tal acuerdo; de todos modos el precio era increíblemente bajo, por lo menos a mí me sorprendió. En la madrugada las pulgas nos quitaron el sueño, Don Eliécer cantaba tonadas dulcísimas en un idioma que a veces parecía español pero luego se hacía irreconocible, acercarse a su casa, que estaba ubicada un poco más abajo, era imposible pues era custodiada por un perro negro de tamaño mediano que amenazaba cualquier amague. Hasta ahora el ajetreo del viaje me hacía olvidar de mis fantasmas, pero cada oportunidad que tenía, mi conciencia me traicionaba y me hacía recordar todos mis absurdos dramas, me sentía como un actor que no puede dejar de actuar y de sentirse protagonista. En esta película me veía obligado a sentir, y me sentía a la deriva, cuando esto pasaba recurría a la compañía de Simón, con quien llevaba una amistad duradera, aunque durante los últimos años no podía hablar mucho con él, pues estaba perdido en la gran capital, intentando llevar mi vida, mientras él terminaba su carrera de psicología en Neiva. —Las mujeres son mucho mas poderosas que los hombres, es decir la hembra de las especies es más mortífera que el macho— le decía a “Moncho” (Simón). —Las mujeres son como brujas poderosas cuyo hechizo es devastador para los hombres. —Sin duda, algunas mujeres conocen muy bien ese poder y pueden ser maliciosas, respondió. A Simón le contaba sobre mis fantasmas, le comentaba sobre “la Búho”, y como apenas llegó a Neiva (por invitación mía), la relación se desmoronó y se volvió insoportable. El Huila era como un parque de diversiones para ella, en todas partes completos desconocidos la recibían como a una princesa, todos la atendían y le brindaban mil cortesías, yo me sentía frustrado pues nunca he tenido esas habilidades sociales, la gente nueva me incomoda y se me dificulta entablar conversaciones con desconocidos. Esto la hacía mucho más apta para el camino. —Estoy harta, deje de comportarse como un niño. —Pues bien, quisiera ser un niño para siempre, no hay nada de malo en eso. —Pero un niño malcriado y posesivo es un fastidio. Juan, que acababa de levantarse interrumpió nuestra conversación, dijo que bajaría hasta el pueblo para comprar más licor y víveres, y preguntó si alguno de nosotros quería acompañarlo. Simón decidió quedarse. Por mi parte, me hallaba muy ansioso como para quedarme, así que me le uní. Llevamos una guitarra y algunos cigarrillos (para el camino), caminamos sin afán, como era de esperarse de Juan, cuya paciencia me lograba sacar de quicio. Siempre llegaba dos o tres horas tarde a nuestros encuentros para contarnos las mil y una travesías que había vivido en la ciudad, y en el atardecer, su sentido del tiempo se dilataba a su antojo, era parte de lo que llamaba “el elóquimo” (concepto que nunca llegué a comprender). Paramos en una casita campestre para comprar helados de mora, más adelante en una roca para fumar y “hacer música” (término de Juan para decir tocar la guitarra tratando de improvisar), yo intentaba cantar algunas notas para acompañarlo y él terminaba emocionándose y gritando a su vez entre el charrasqueo monótono e insolente de la guitarra. Tenía razón Kundera al escribir que nunca nadie ha vivido con tanta pasión las composiciones de Beethoven como el aporreamiento de las guitarras, “la historia de la música es mortal, pero la tontería de las guitarras es eterna” (El libro de la risa y el olvido). Cuando llegamos al pueblo, seguimos algunas indicaciones para conseguir guarapo (fermentado, no para comer empanaditas), pasamos al lado de la plaza y continuamos por un camino que descendía a un pequeño polideportivo en un espacio abierto, luego volvimos a subir hasta llegar a una calle sin salida, seguida de un matorral húmedo. Bajamos hasta la última casa guiados por el aliento de la chicha. Nos asomamos a la puerta y un grupo de hombres que parecían semidormidos nos miraron y pronunciaron algo ininteligible; un hombre robusto de facciones aborígenes salió a nuestro encuentro. —Sigan, sigan al patio, ¿ustedes vienen de Bogotá? —No, venimos de Neiva, de allí cerquita. — ¿Dónde se están quedando?, yo les puedo ayudar a conseguir algo. Atravesamos un corredor estrecho en donde una radio destartalada embriagaba las canciones que sonaban. Habían algunos hombres desparramados sobre una banca y debíamos cruzar con cuidado; despertamos a varios de ellos pero se quedaban dormidos al instante, los que permanecían despiertos bebían de cuando en cuando mientras nos miraban con sus enrojecidos ojos perdidos. Al sortear el corredor se ve una cocina desde donde “la madrina” nos saluda, y nos invita a seguir, avanzamos hasta el patio, allí nos sentamos en una banca, en la otra tres hombres se acomodaban y nos saludaban. Los hombres nos brindaron de su bebida y probamos el ácido líquido amarillento. —Está buena, ¿no? — ¿Cuanto vale?, preguntó Juan. —Vale $500 la totumada. En ese momento volvió a aparecer el moreno de rasgos aborígenes. —Bueno, ¿qué les sirvo?, el botellón de dos litros vale $2000 y la tasa vale $500. —Pidamos primero una tasa— le dije a Juan— y luego vemos. Me acerqué a la cocina y le pedí la totumada directamente a “la madrina”; al escucharme, sacó una cacerola de entre una pila de loza sucia, la remojó en la alberca y la sumergió en el balde donde se encontraba la chicha, para luego entregárnosla. Un hombre se nos presentó como “el gaseoso”, pseudónimo que se debía a su gusto por “la gaseosita” (cuando se destapa la botella de chicha se libera el gas acumulado en la fermentación, produciendo un efecto parecido al de destapar una gaseosa). Nos explicó. —“La gaseosita” es nutritiva —dijo entre risas— yo vengo aquí, me tomo mi gaseosita y no necesito ni almorzar. “El hijo de la madrina” (el moreno), nos trajo una nueva dos litros y “el gaseoso” no esperó para pedirnos un poco. —…Y la gaseosita lo tiene a uno alentado. —No joda tanto —dijo el hombre que estaba a su lado con acento llanero— deje a los muchachos que ellos vienen a tomar tranquilos. El llanero nos preguntó si podíamos tocar algo en la guitarra, Juan la sacó del forro y empezó a manosearla. —Tóquense alguna canción. Juan intentó seguir un ritmo y empezó a cantar cualquiera de sus locuras. —No, pero tóquense una ranchera, un bolero o una andina. —Dígame, ¿qué canción le gustaría escuchar? —respondió Juan. “El llanero” pronunciaba algún título desconocido para nosotros y Juan empezaba a tocar algo, yo simulaba cantar siguiendo el título de la canción pedida. — ¿Ustedes son hermanos cierto? —insinuó el llanero. Juan y yo nos miramos y echamos a reír. —Hermanos de la chicha —dijo Juan. Dígannos cualquier canción que le gustaría escuchar, invéntense un título, el que siempre quiso para una canción y nosotros la tocamos, los hermanos de la chicha —le dije a Juan en son de broma y el respondió con emoción especialmente sobreactuada para acentuar la comicidad. Cuando entró en confianza “el llanero” resultó ser muy “entrador”, monopolizaba la conversación por largos periodos, contándonos sobre su vida en el llano y sus supuestos conocimientos de brujería y de caza. Nosotros continuábamos ingiriendo el licor casero, intentando llevar la conversación, el tercer hombre que hasta ahora no había hablado se paró y se sentó en nuestra banca, casi encima de las piernas de Juan. De su boca, en lugar de palabras brotaban gemidos y lamentaciones; su boca revelaba lo que quedaba de sus dientes para luego producir un canto penetrante y lastimero. “Cántaros”, que apenas podía abrir sus ojos como cubiertos por una película amarillenta y sucia, abrazaba y tomaba a Juan del brazo mientras hacía su llanto sin lágrimas, en un momento le besó la mano y la evidente incomodidad de Juan por el cantor de la chicha hizo que los otros hombres lo obligaran a sentarse de nuevo en la otra banca. —No le ponga cuidado, “Cántaros” viene todos los días y es un hombre de bien —dijo “el llanero” en tono de disculpa. —No hay ningún problema —aclaró Juan. —Ahí donde lo ve “Cántaros” fue un verraco pa’l fútbol, a él lo escogieron para que jugara en el Atlético Huila, así de bueno era, pero ya estaba muy acostumbrado a esta vida y se devolvió de Neiva —añadió “el gaseoso”. Cuando estuvimos lo suficientemente intoxicados, compramos una botella y salimos de allí, el proceso fue bastante dificultoso, despedirse de nuestros tres acompañantes fue más difícil de lo que imaginaba, compramos lo que necesitábamos en el pueblo y emprendimos la larga caminata de vuelta; empezaba a oscurecer y el camino se hacía mas difícil de reconocer, pronto llegamos al portón y luego a la casa; nos dirigimos a la parte trasera y saludamos. Había llegado Johan, un amigo del grupo, su padre lo había echado de la casa y llevaba varias semanas viviendo en la calle, la verdad no sé como hizo para llegar, pero Johan sabía arreglárselas. Había llegado en compañía de “Angelita”, una extraña mujer cuyas charlas me eran imposibles de seguir; hablaba de paisajes infernales, brujas y espíritus; tenía pelo corto y apariencia de niño; no era que no entendiera las palabras que pronunciaba, simplemente no entendía la forma en que las usaba. Según Johan, el hermano de “Angelita” había sido seriamente embrujado en los llanos, y en un intento por ayudarlo, ella había quedado mal. Donde Don Eliécer pasábamos los días tocando la guitarra o preparando la comida (lo cual requería mucho tiempo), eso cuando no estábamos durmiendo o conversando. Un CD de The Animals se repetía todo el día, alternándose con Velvet Underground o The Beatles. —“Yeah, Yeah, Maracuyea”. Gritaba exageradamente “el felino” para lograr empatía, nosotros le seguíamos la corriente a pesar de su ridiculez. Una noche Simón descubrió que le faltaban veinte mil pesos, y todos en silencio dudamos de él. Hacíamos visitas al río (un riachuelo de medio metro de profundidad) en donde “el felino” jugaba a tirar piedras mostrando su gran puntería, caminábamos para recoger moras silvestres o por el simple hecho de caminar. — ¿Quiere que le recoja moritas? —me preguntó Angelita. Acepté y a los pocos minutos apareció con las manos llenas de moritas. —Yo nunca podría haber reunido tantas en tan poco tiempo—. Miré, aquí están, pero… — ¿Todas?— le pregunté. —Sí, pero tenga cuidado, tiene que botar las dos últimas. —¿Cómo? — pregunté sin entender. —Mejor dicho, bote estas dos moritas— me dijo mientras señalaba un par de las moritas que ahora estaban en mis manos; aunque me pareció algo extraño y absurdo lo hice sin dudar.
Los paseos al pueblo eran constantes, cada vez que íbamos, el camino se sentía más corto, y cada vez que pasábamos por la chichería, allí estaban los mismos viejos borrachos y adormilados como si nunca se marcharan. ”Cántaros” siempre sentado en el patio. Llegué a notar que aunque parecía el más ebrio (por su acto de gemidos y besos que se repitió cada vez que íbamos), nunca lo veía tomar, ni siquiera vi una totuma en sus manos. Todos nos reuníamos en la cocina para ayudar, debíamos prender un horno de leña, procesar los ingredientes, mantener el fuego, etc. En una ocasión, Don Eliécer se nos unió en la cocina. —Los que vivían aquí hace muchos años hacían lo mismo que ustedes, salían todo el día a hacer sus labores y por la noche preparaban su única comida en el día. — ¿A quienes se refiere Don Eliécer, a los indios? — preguntó Simón. — ¿Ah…? Sí— respondía secamente Don Eliécer como si en realidad no hubiera escuchado la pregunta, Simón prefirió no preguntar más, aunque por lo general era bastante atrevido (en el buen sentido de la palabra); su sentido crítico estaba bastante afinado y tenía una gran lucidez, por lo que nunca temía hablar (a diferencia mía). La diarrea causada por la chicha me obligaba a salir antes de la madrugada para adentrarme entre los matorrales; luego la rasquiña producida por las pulgas me impedía volver a dormir. Me sentía desgastado emocional y físicamente por lo que le comenté a Simón que quería volver a Neiva, a mi casa. —Nunca llegaremos, ¿verdad?”, me decía Simón. Ese día iríamos todos al pueblo para almorzar decentemente y Simón y yo decidimos llevar nuestros maletines para emprender el regreso a casa, pues Simón también estaba cansado y la pérdida del dinero mermó considerablemente su capital. En el camino vimos dos personas que se acercaban en dirección opuesta, apenas reconocí a “la Búho” mi vientre convulsionó, no podía creerlo, uno de los motivos de mi viaje había sido alejarme de ella y allí estaba, sonriéndome mientras se acercaban. —ahí le traje a su amiga—, me dijo el artesano que la acompañaba; ella me saludó con un beso en la mejilla, la incomodidad nos obligó a despedirnos brevemente y continué mi camino trastornado. Cuando llegamos al pueblo nos dividimos en grupos, yo me fui con Simón quien compró una hamburguesa en algún chuzo. Cuando terminamos de comer eran aproximadamente las tres de la tarde y nos dimos cuenta que sería muy tarde para partir, pues pensábamos hacer auto-stoping, por lo que decidimos quedarnos esa noche en el pueblo y partir al día siguiente. Nos encontramos de nuevo con el resto del grupo y reunimos dinero para comprar chicha. Juan y yo fuimos los encargados de comprar la chicha y traerla de vuelta al parque, bajamos hasta la chichería y la escena se repitió. “Cántaros” estaba especialmente fastidioso y no había nadie allí para controlarlo; con dificultad nos escapamos de su acto y volvimos a donde estaba el grupo; tomaba chicha y me sentía hastiado de toda la situación, en definitiva no había logrado la calma y pensaba en toda esa gente, todos esos jóvenes de fingida singularidad, ocupados en sus pequeñas banalidades, encerrados en sus rutinas aquí como en cualquier otro lugar, sometidos por su propia historia y sus problemas inútiles, como yo; todos hablan de sí mismos y de las cosas maravillosas que han hecho, pero siguen siendo aburridos fingiendo divertirse, como yo. |







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